
Pablo continúa el argumento que comenzó en el capítulo 8. Si comer carne hace tropezar a un hermano, él está dispuesto a renunciar a ese derecho. Pero por si los corintios no entendieron el punto, Pablo lo lleva aún más lejos: “¿No soy libre?” Toma su propia afirmación de libertad y la confronta con el ejemplo de Cristo. Ellos presumen de libertad, sabiduría y espiritualidad, pero usan esas supuestas virtudes para herirse unos a otros. Pablo muestra que la verdadera libertad no se prueba insistiendo en los derechos, sino renunciando a ellos por amor.
Si alguien tenía razones para reclamar derechos, era Pablo. Él sí es verdaderamente libre. Él sí tiene autoridad espiritual. Él sí posee sabiduría. Ha visto al Señor resucitado (Hechos 9:3–6). Ha sido comisionado directamente por Cristo (Gálatas 1:11–12). Ha manifestado entre ellos las señales de un verdadero apóstol (2 Corintios 12:12). Sin embargo, la evidencia de su libertad, su sabiduría y su espiritualidad no es su estatus, sino su servicio. Como Santiago dice: “Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18), Pablo en la práctica declara: “Os mostraré mi libertad, mi sabiduría y mi madurez espiritual por lo que he hecho por vosotros.”
La misma existencia de la iglesia en Corinto es su defensa. Ellos son el “sello” de su apostolado. Su enseñanza, y su trabajo, son la prueba viva de que su ministerio viene de Dios. En contraste, los corintios mostraron su inmadurez usando sus derechos sin pensar en sus hermanos. Pablo muestra la verdadera madurez al entregar los suyos.
Cristo enseñó que con la medida con que medimos, seremos medidos (Mateo 7:1–2). Los corintios medían la grandeza por el conocimiento y la libertad. Pablo mide según Cristo: libertad expresada en amor, sabiduría expresada en servicio, y espiritualidad expresada en edificar a los demás (1 Corintios 14:12). Esa es la evidencia de una vida formada por el Evangelio.