
Las palabras de Pablo en este pasaje son impactantes porque van en contra de nuestro instinto natural de defendernos. Él ya ha dejado claro, sin lugar a dudas, que quienes trabajan en el evangelio tienen un derecho real y legítimo a recibir apoyo material. Sin embargo, cuando Pablo habla de sí mismo, no resalta lo que ha recibido, sino lo que ha decidido rechazar.
Pablo explica que no puede gloriarse en el hecho de predicar el evangelio. Predicar no es para él una elección profesional ni un logro personal. Es una necesidad que Dios ha puesto sobre él. Se le ha confiado una mayordomía, no se le ha ofrecido una oportunidad para la autoexpresión. Como el siervo que simplemente ha cumplido con su deber, Pablo entiende que la obediencia a Dios no es motivo de orgullo, sino una expresión de fidelidad.
Donde Pablo sí habla de recompensa es de manera sorprendente. Su “recompensa” no se encuentra en salario, reconocimiento o autoridad. Su orgullo es que predica el evangelio gratuitamente, renunciando al pleno uso de un derecho que legítimamente le pertenece. Lo hace para que nada oscurezca el mensaje de Cristo ni confunda el evangelio con ganancia personal.
Esto no es un modelo obligatorio para todos los que sirven en el evangelio. Pablo no está negando la legitimidad del apoyo material. Más bien, está confrontando la obsesión de los corintios con sus derechos. A lo largo de la carta, ellos apelan a lo que es lícito, a lo que está permitido y a aquello a lo que creen tener derecho. Esa postura ha producido división, orgullo y daño a los hermanos más débiles.
Pablo les responde no con teoría, sino con ejemplo. Si alguien tenía derecho a insistir, era Pablo. Sin embargo, el amor lo llevó a renunciar a esos derechos. La verdadera libertad, moldeada por la sabiduría del Espíritu, no consiste en defender incansablemente la libertad personal, sino en estar dispuesto a cederla por el bien de otros.
Este pasaje nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria. La vida cristiana no se rige por preguntar: “¿Qué me está permitido hacer?”, sino por preguntar: “¿Qué me exige el amor que deje a un lado?” La sabiduría de la cruz nos enseña que renunciar a nuestros derechos no es debilidad. Es la forma misma del amor semejante al de Cristo.