
El apóstol Pablo declara que es “libre de todos”, y sin embargo afirma que se ha hecho “siervo de todos” (1 Co 9:19). Esto no es una contradicción, sino una redefinición de la libertad. La libertad cristiana no es el derecho a insistir en la autoexpresión, sino el poder de entregarse voluntariamente en amor. La libertad de Pablo no le es quitada ni es ejercida con resentimiento; es ofrecida de manera voluntaria para ganar a otros para Cristo.
A lo largo de este pasaje, Pablo describe cómo se hace como judío para los judíos, como bajo la ley para los que están bajo la ley, como fuera de la ley para los que están fuera de la ley, y como débil para los débiles (1 Co 9:20–22). Sin embargo, Pablo establece límites claros. Aunque se hace “como bajo la ley”, aclara que él mismo no está bajo la ley (v. 20). Aunque se hace “como fuera de la ley”, insiste en que no está fuera de la ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo (v. 21). Su flexibilidad nunca es compromiso moral. El evangelio establece los límites de su adaptación.
Este patrón refleja la vida del mismo Cristo. Jesús no se aferró a sus derechos, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo y humillándose hasta la muerte (Fil 2:5–8). Sin embargo, Cristo nunca abandonó la obediencia al Padre. De la misma manera, Pablo transforma su vida, no el mensaje, para que el evangelio sea escuchado con claridad. Su ministerio es cruciforme, moldeado por el amor que se entrega y no por la comodidad personal o el reconocimiento humano (Mr 10:44–45).
El propósito de Pablo es claro: “para que de todos modos salve a algunos” (1 Co 9:22). Su preocupación no es la aprobación, la relevancia cultural ni el éxito visible, sino la salvación. Esto concuerda con su advertencia anterior de que la libertad cristiana no debe convertirse en tropiezo para los débiles (1 Co 8:9–13) y con su exhortación posterior a buscar el bien de muchos, “para que sean salvos” (1 Co 10:33).
La libertad cristiana, entonces, no es licencia sino vocación. Somos libres en Cristo para amar sin reservas, servir sin temor y vivir bajo la ley de Cristo para el bien de otros. Pertenecer a Cristo es pertenecer a su misión, aun cuando nos cueste nuestros derechos.