
El llamado de Pablo a la disciplina no es algo aislado. Es la conclusión de su argumento sobre la libertad cristiana. A lo largo del capítulo, Pablo insiste en que posee derechos reales y legítimos (1 Corintios 9:4-12). Sin embargo, los deja de lado voluntariamente, no porque esos derechos sean pecaminosos, sino porque el amor lo llama a algo más elevado.
Para explicar esto, Pablo recurre a la imagen de un atleta. Los corredores no compiten de manera casual. Entrenan, se imponen restricciones y someten sus cuerpos a disciplina para ganar un premio. Pablo nos recuerda que ese premio es perecedero (1 Corintios 9:25). Aun así, los atletas se niegan a sí mismos voluntariamente por él. Cuánto más deben los cristianos ejercer el autocontrol por una corona imperecedera.
Esta disciplina no es legalismo. Es amor en acción. Pablo no renuncia a sus derechos porque los desprecie, sino porque confía en Dios. Sabe que la obediencia nunca es en vano. Las Escrituras afirman constantemente esta verdad. Santiago escribe: Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida” (Santiago 1:12). Hebreos enseña lo mismo, declarando que Dios “es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). La disciplina cristiana se basa en la confianza en la fidelidad de Dios, no en la ansiedad por la pérdida.
Pablo profundiza aún más en la imagen. No corre sin rumbo fijo ni golpea al aire (1 Corintios 9:26). Su vida está dirigida, es intencional y está gobernada por el amor a los demás y la fidelidad a su llamado. Disciplina su cuerpo, no por temor a la condenación, sino para no ser descalificado del servicio fiel (1 Corintios 9:27; 1 Corintios 3:12-15).
Aquí Pablo nos muestra que la libertad en Cristo no es la libertad de insistir en nuestros derechos, sino la libertad de renunciar a ellos. El amor se restringe por el bien de los demás (1 Corintios 8:1; Filipenses 2:5-8). Cuando nos limitamos voluntariamente en obediencia, no perdemos nada. Confiamos en el Dios que ve, que recompensa y que promete que la fidelidad en esta vida será coronada en la vida venidera (2 Timoteo 4:7-8).