
Pablo recuerda a los corintios que el pueblo de Israel no fue ajeno a la gracia de Dios. Fueron redimidos de Egipto, guiados por la nube, pasaron por el mar, comieron el maná y bebieron del agua que brotó de la roca. Pablo llega incluso a afirmar que “la roca era Cristo” (v. 4). Estas no fueron experiencias meramente simbólicas, sino actos reales de la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo del pacto. Sin embargo, a pesar de estos privilegios, “de los más de ellos no se agradó Dios” (v. 5).
Esta historia no se presenta para entretener ni para avergonzar, sino para instruir. “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros” (v. 6). Pablo deja claro que los fracasos de Israel fueron escritos para la iglesia, especialmente para aquellos “a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (v. 11). Vivir en los últimos días no significa entregarse al descuido ni caer en el pánico, sino vivir con sobria atención. Cuanto más cerca estamos del cumplimiento de las promesas de Dios, mayor es nuestra responsabilidad de andar fielmente delante de Él.
Pablo enumera los pecados que marcaron la caída de Israel: idolatría, inmoralidad sexual, tentar al Señor y murmuración. No se trata solo de faltas morales individuales, sino de expresiones de corazones que presumieron de la gracia de Dios mientras resistían la obediencia. Los corintios, confiados en su conocimiento y libertad, corrían el peligro de repetir el mismo error. Por eso Pablo advierte: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (v. 12). El problema no es la seguridad, sino la presunción.
Sin embargo, Pablo no deja a la iglesia en el temor. Fundamenta su advertencia en la fidelidad de Dios. “Fiel es Dios” (v. 13). La tentación no es extraña ni irresistible. Dios no promete la ausencia de pruebas, pero sí promete una salida, un camino de resistencia que conduce a la fidelidad y no a la caída.
El autor de Hebreos presenta el mismo argumento: si la desobediencia bajo el antiguo pacto trajo juicio, cuánto más debemos atender con cuidado a la salvación anunciada por el Hijo (Heb. 2:1–4). La gracia no relaja la obediencia; la profundiza. Porque vivimos al final de los siglos, estamos llamados a aprender del pasado, a caminar humildemente sin presunción y a confiar en el Dios fiel que sostiene a su pueblo en medio de toda prueba.