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Devocional 15 Enero 2026

January 15, 2026 • Steve Torres

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“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.” (1 Corintios 10:31–33, RVR1960)

Pablo lleva su extenso argumento sobre la libertad cristiana a una conclusión decisiva: nada de lo que hacemos es neutral. “Así que, ya sea que comáis o bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (v. 31). Los actos más ordinarios de la vida quedan colocados bajo el propósito más alto posible. Nuestras acciones no existen en un vacío moral. O glorifican a Dios, o no lo hacen.

Por eso Pablo pasa inmediatamente de la gloria de Dios a la conciencia de los demás. “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (v. 32). La gloria no es abstracta. Se manifiesta por medio del amor que se niega a convertirse en piedra de tropiezo. Como Pablo ha argumentado repetidamente, el conocimiento envanece, pero el amor edifica (1 Co. 8:1). La libertad es real, pero está gobernada por el bien espiritual del prójimo (1 Co. 10:23–24).

A primera vista, el versículo 33 parece contradictorio. Pablo dice que procura agradar a todos en todo. Sin embargo, en otro lugar insiste en que si todavía buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo (Gál. 1:10). Esta tensión se resuelve cuando recordamos el fruto del Espíritu. Pablo enumera el amor, la bondad, la mansedumbre y el dominio propio, y luego concluye: “contra tales cosas no hay ley” (Gál. 5:22–23). Cuando nuestras vidas están formadas por un amor producido por el Espíritu, no puede levantarse ninguna acusación legítima contra nosotros. Esto no es compromiso con el pecado, sino sabiduría.

Jesús mismo ordena esta postura: “sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.” (Mt. 10:16). La sabiduría considera cómo serán recibidas nuestras acciones; la inocencia asegura que lo que se recibe sea verdaderamente bueno. El objetivo nunca es la comodidad personal, sino la claridad. No queremos que nuestras libertades oculten a Cristo.

Cristo mismo es el modelo. Aunque verdaderamente inocente, sus acusadores no pudieron sostener una acusación contra Él, y aun Pilato declaró: “Yo no hallo en él ningún delito” (Jn. 18:38). Pedro aplica este mismo patrón a los creyentes, exhortándonos a una conducta tan honorable que las acusaciones se desvanezcan y Dios sea glorificado (1 Pe. 2:12).

Fallaremos, y hay gracia para ello. Pero Pablo nos llama a una dirección, no a la deriva. La vida cristiana avanza con determinación, esforzándose por vivir de tal manera que Dios sea honrado, las conciencias sean guardadas y el camino de la salvación quede libre de obstáculos (1 Co. 9:24–27).

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