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Devocional 22 Enero 2026

January 22, 2026 • Steve Torres

1 Corintios 11:11-12.jpg

“Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles. Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.” (1 Corintios 11:7–12, RVR1960)

Las palabras de Pablo en este pasaje pueden resultar inquietantes al principio. Él afirma claramente que “el varón es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón” (1 Co 11:7). En un mundo ya inclinado al orgullo, este lenguaje puede distorsionarse con facilidad. Sin embargo, Pablo no deja esta afirmación aislada. De inmediato la matiza, para que el orden no se convierta en arrogancia ni la sumisión se vacíe de significado. Pablo está hablando de la dirección del honor, no de diferencias de valor. La Escritura enseña de manera constante que solo Dios es supremo en dignidad y gloria (Is 42:8). Cuando Pablo dice que el hombre refleja la gloria de Dios, describe su obligación de vivir abiertamente y en obediencia a Cristo, honrándolo en todo lo que hace (1 Co 10:31). De la misma manera, cuando afirma que la mujer es la gloria del hombre, no está ordenando que ella lo adore, sino que viva de una manera que lo honre, lo apoye y lo represente bien. Este patrón refleja el diseño de Dios desde la creación. La mujer fue creada del varón y para el varón (Gn 2:18–23), no como un ser inferior, sino como una ayuda adecuada. No obstante, Pablo protege inmediatamente esta enseñanza de cualquier abuso. “Pero en el Señor”, escribe, “ni el varón es independiente de la mujer, ni la mujer es independiente del varón” (1 Co 11:11). El hombre que podría jactarse del orden de la creación debe recordar una verdad humillante: todo hombre, desde Adán, ha nacido de mujer (v. 12). La dependencia es mutua, y todas las cosas proceden finalmente de Dios. El énfasis de Pablo, entonces, es la humildad. Un hombre que no honra a Cristo como su cabeza no muestra fortaleza, sino rebelión (Ef 5:23; Col 3:19). De la misma manera, una esposa que trata la sumisión como algo opcional o meramente simbólico la vacía de su propósito dado por Dios (Ef 5:22; 1 P 3:1). Ambos errores distorsionan el diseño divino. La sumisión bíblica no tiene que ver con superioridad ni con silencio. Tiene que ver con ordenar voluntariamente la vida hacia otro para la gloria de Dios. Como creyentes, se nos manda “honrarnos unos a otros” (Ro 12:10). En el matrimonio, ese honor se expresa de maneras distintas, pero brota de la misma raíz: humildad delante de Dios, gratitud mutua y obediencia gozosa dentro de Su buen orden.

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