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Devocional 23 Enero 2026

January 23, 2026 • Steve Torres

1 Corintios 11:16.jpg

“Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.” (1 Corintios 11:13–16, RVR1960)

Pablo concluye esta sección llevando el asunto directamente a la conciencia. “Juzgad vosotros mismos”, dice (1 Corintios 11:13). Esto no es una invitación a redefinir la adoración, sino un recordatorio de que los corintios ya saben qué es lo apropiado. El problema no es la falta de conocimiento, sino la tentación de usar la libertad cristiana para pasar por alto la intuición moral. La apelación de Pablo a la “naturaleza” suele malinterpretarse. Él no está afirmando que ciertos rasgos físicos sean inherentemente pecaminosos. La misma Escritura muestra ejemplos, como el voto nazareo, en los que los hombres dejaban crecer su cabello sin deshonra (Números 6:1–21). El asunto, entonces, no es la biología, sino el significado. En Corinto, ciertas distinciones externas tenían un peso moral. Comunicaban honor, autoridad y orden. Ignorar esas señales era comunicar algo indebido dentro del contexto de la adoración. Esto encaja con el argumento más amplio de Pablo a lo largo de la carta. La libertad cristiana no existe para anular la conciencia, sino para ser gobernada por el amor. “Todo me es lícito”, ya ha dicho Pablo, “pero no todo conviene” (1 Corintios 10:23). Cuando una práctica ya se percibe como deshonrosa dentro de una comunidad, insistir en ejercer esa libertad no fortalece la fe, sino que la debilita. La libertad que hiere la conciencia no es madurez, sino soberbia (1 Corintios 8:9–12). Entonces Pablo amplía la perspectiva. “Nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1 Corintios 11:16). Ningún creyente, ni ninguna congregación, existe de manera independiente. La adoración fiel considera no solo la convicción personal, sino también al cuerpo más amplio de Cristo. La unidad, el orden y la práctica compartida importan porque la adoración es pública y representativa. Lo que hacemos en la adoración dice algo acerca del Dios a quien servimos y de las relaciones que Él ha establecido. La obediencia cristiana, por tanto, no se mide por cuánto puede estirarse la libertad, sino por cuán dispuesta está a someterse. No honramos a Cristo insistiendo en nuestros derechos, sino restringiéndolos por amor, por la conciencia y por el bien de la iglesia (Filipenses 2:3–8).

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