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Devocional 26 Enero 2026

January 26, 2026 • Steve Torres

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“Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.” (1 Corintios 11:17–19, RVR1960)

El tono de Pablo cambia bruscamente en este pasaje. Después de haber elogiado a los corintios por buscar instrucción, ahora los reprende. Sus reuniones, dice, no son “para lo mejor, sino para lo peor” (1 Co. 11:17). Esta es una afirmación fuerte. A menudo asumimos que reunirnos para adorar siempre es algo positivo. Pablo rechaza esa suposición. La adoración no es neutral. No solo nos forma; nos revela. El problema en Corinto no es que la adoración haya producido divisiones, sino que las divisiones salen a la luz cuando se congregan. Pablo dice que oye de disensiones “cuando os reunís como iglesia” (v. 18). Su falta de unidad se manifiesta precisamente en el momento en que debería ser más evidente. Esto señala un problema más profundo. Cristo no está dividido (1 Co. 1:13). Si el cuerpo está fracturado, la falla no está en Cristo, sino en quienes lo confiesan sin someterse plenamente a su señorío. Pablo va aún más lejos. Afirma que “es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados” (v. 19). Esto no es una aprobación del pecado, sino un reconocimiento de la soberanía de Dios. Dios utiliza incluso el desorden pecaminoso para revelar lo que es verdadero. La adoración se convierte en un fuego refinador, mostrando quiénes están realmente sometidos a Cristo y quiénes usan la congregación para promoverse a sí mismos, su estatus o la sabiduría del mundo. Quienes siembran división no están demostrando mayor espiritualidad ni valentía profética. Están siguiendo los mismos impulsos corintios que Pablo ha confrontado desde el inicio de la carta: gloriarse en los hombres, formar bandos y medir la fe por influencia en lugar de obediencia (1 Co. 3:3–4). Esto no es la sabiduría del Espíritu, sino la sabiduría del mundo. La verdadera comunión fluye de la unión con Cristo. Como escribe Juan: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Jn. 1:7). La unidad no crea esa comunión; la revela. Cuando la adoración deja al descubierto la división, no es Cristo quien ha fallado, sino corazones que no han sido plenamente rendidos a Él. La adoración, entonces, es un espejo. Nos muestra quiénes somos en realidad. Y por eso importa profundamente cómo nos reunimos delante del Señor.

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