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Discernimiento Espiritual

February 02, 2026 • Steve Torres

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“No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.” (1 Corintios 12:1–3, RVR1960)

Pablo comienza su enseñanza sobre los dones espirituales con una advertencia. Antes de explicar cómo obra el Espíritu en la iglesia, recuerda a los creyentes que no todo lo que parece espiritual proviene de Dios. Los corintios antes habían sido arrastrados hacia los ídolos mudos (1 Corintios 12:2). Su pasado demostraba algo importante: la intensidad espiritual, la emoción o la apariencia sobrenatural no son prueba de verdad espiritual.

La prueba, dice Pablo, es Cristo mismo. “Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). El Espíritu Santo siempre exalta a Jesucristo como Señor. No glorifica personalidades, movimientos, experiencias ni influencia. Él glorifica a Cristo.

Esta es la misma advertencia que se da en toda la Escritura. Dios advirtió a Israel que aun si ocurrían señales y prodigios, si estos los llevaban lejos de Él, eran falsos (Deuteronomio 13:1–3). Juan después ordena a los creyentes: “no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1). Jesús mismo advierte que muchos harán milagros en Su nombre y aun así no le pertenecerán (Mateo 7:21–23).

Esto es profundamente relevante hoy. Muchas personas, grupos, músicos, políticos, e incluso marcas se llamarán cristianos. Pero las etiquetas no son la prueba. La influencia no es la prueba. El impacto emocional no es la prueba. La prueba es esta: ¿Se proclama a Jesucristo como Señor? ¿Se honra Su autoridad? ¿Se obedece Su Palabra?

No debemos sustituir el asombro por la verdad. La misión del Espíritu Santo no es impresionarnos, sino conformarnos a Cristo y guiarnos a una sumisión gozosa a Él (Juan 16:13–14; Filipenses 2:9–11). El Espíritu no se hace el centro de las experiencias, personalidades ni movimientos. Él da testimonio de Cristo, exalta a Cristo y forma a Cristo en Su pueblo.

El discernimiento no es cinismo. Es fidelidad. Si perseguimos lo que deslumbra en lugar de lo que es verdadero, corremos el riesgo de ser desviados. Pero si nos aferramos a Cristo como Señor, no seremos engañados.

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