
Después de mostrarnos la supremacía del amor en el capítulo 13, Pablo no cambia de tema. Nos da el mandamiento que gobierna todo: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis” (1 Co. 14:1). El amor va primero. En Corinto, la expresión espiritual se había vuelto impresionante, incluso misteriosa. Las lenguas eran dramáticas. Parecían poderosas. Pero Pablo reorienta suavemente a la iglesia. La pregunta no es: “¿Qué se siente espiritual?”, sino: “¿Qué edifica a la iglesia?” “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (v.4). Profetizar aquí no significa hacer declaraciones irresponsables de “Así dice el Señor,” como si estuviéramos añadiendo nueva revelación. Pablo ya ha enseñado que operamos por la sabiduría del Espíritu, no por la sabiduría del mundo (1 Co. 2:12–13). En nuestra época, hablamos proféticamente cuando proclamamos con claridad la Palabra revelada de Dios y la aplicamos fielmente. Tomamos lo que Dios ya ha dicho y lo llevamos a la vida real: a luchas reales, a gozos reales, a necesidades reales. Esto no es llamativo. No es misterioso. Es amoroso. Cuando un hermano te recuerda las promesas de Dios en medio del sufrimiento, eso es hablar proféticamente. Cuando una hermana te corrige con ternura usando la Escritura, eso es profético. Cuando leemos la Palabra juntos y la aplicamos a nuestra vida, eso es edificación. Produce edificación, exhortación y consolación (v.3). El amor no busca lo suyo (1 Co. 13:5). El amor pregunta: “¿Cómo puedo fortalecer el cuerpo de Cristo?” Cada uno de nosotros es esencial en esta obra. La iglesia no se edifica por el espectáculo, sino por palabras fieles, claras y moldeadas por el Espíritu, habladas desde la Escritura a la vida de los demás. Así que persigue el amor primero. Desea hablar de maneras que fortalezcan a otros. Una palabra clara tomada de la Palabra de Dios siempre edificará más profundamente que cualquier cosa meramente impresionante.