
Los corintios valoraban mucho el hablar en lenguas. Parecía poderoso, misterioso, profundamente espiritual. Pero Pablo no reprende el don en sí. En cambio, hace una pregunta penetrante: ¿Cómo beneficia esto a la iglesia? “Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará?” (1 Corintios 14:6, RVR1960). Aun Pablo, como apóstol, se niega a medir la espiritualidad por la exhibición. Si su hablar no trae “revelación, o ciencia, o profecía, o doctrina,” entonces no les sirve. Da ejemplos sencillos: los instrumentos musicales deben producir sonidos distintos (vv.7–8). La trompeta debe dar un toque claro, o los soldados no se prepararán para la batalla. Sonido sin claridad produce confusión. Y la confusión no edifica el cuerpo de Cristo. El problema no es solamente las lenguas. El problema es una espiritualidad centrada en uno mismo. Cualquier manifestación del Espíritu puede torcerse y convertirse en algo que infla el ego en lugar de fortalecer a la iglesia. La enseñanza puede volverse espectáculo. El liderazgo puede volverse control. El servicio puede volverse autopromoción. Pero el amor hace una pregunta diferente: ¿Esto beneficia a mis hermanos y hermanas? Pablo les recuerda: “Procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia” (v.12). El Espíritu no da dones para que parezcamos impresionantes. Los da para que el cuerpo crezca (cf. Efesios 4:11–12; 4:29). La madurez no se mide por lo dramático que parezcan nuestros dones, sino por cuán clara y humildemente los usamos para los demás. La sabiduría del Espíritu dirige cada don hacia la edificación. Si lo que hacemos no fortalece a la iglesia, todavía no está alineado con el amor. Y si no está alineado con el amor, no está alineado con el Espíritu que dio el don.