Romanos 9:1–5 Al comenzar lo que podría considerarse uno de los capítulos más controversiales de la Biblia, donde se han librado muchas batallas teológicas, debemos detenernos y encontrarnos con Pablo donde él mismo nos dice que está. Pablo acaba de explicar cuán seguro está el cristiano en Cristo Jesús. Entonces, casi como si ya no pudiera contener su dolor, interrumpe diciendo: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.”
¿Alguna vez has sentido tristeza y dolor? ¿Ante la pérdida de un ser querido? ¿Al sobrevivir un acontecimiento traumático? Pablo declara que su dolor no es solamente una gran tristeza, sino un dolor continuo. Algo que siente profunda, completa y constantemente. Él enfatiza que esto no es una simple apariencia para hacernos sentir lástima por él. Dice que no solamente está diciendo la verdad, sino que la dice en Cristo, el mismo lugar donde acaba de decirnos que reside el amor de Dios. Desde ese mismo amor, nos dice que no miente y llama a su propia conciencia como testigo, por medio del Espíritu Santo, de la verdad que está a punto de expresar. Su tristeza es verdadera. Su dolor es real. Sus parientes según la carne no están con él en Cristo.
¿Alguna vez has sentido el dolor de saber que un ser querido ha rechazado a Cristo? Tal vez creció rodeado de la fe, asistió a la iglesia, leyó la Biblia, fue bautizado o conoció las verdades del cristianismo, pero aun así ha rechazado a Cristo.
Pablo señala que la adopción como pueblo de Dios, la gloria de la presencia de Dios, los pactos con Dios, la ley de Dios, la adoración al único Dios verdadero y las promesas de Dios fueron dadas a los judíos, sus parientes según la carne. No solamente eso, sino que la historia de sus antepasados y, finalmente, el cumplimiento de todas las promesas y de toda esa historia, Jesúcristo mismo, ¡les pertenecía! Y aun así lo rechazaron. Dios hizo manifiesta su presencia entre ellos, y ellos se apartaron de Él.
Pablo no puede soportar la pérdida. Sus hermanos y hermanas según la carne no serían sus hermanos y hermanas en Cristo. La tragedia es abrumadora para Pablo, como también debería serlo para nosotros. Pablo llega al punto de decir que él mismo desearía ser anatema, separado de Cristo, por amor a ellos. No puede intercambiar su salvación por la de ellos, pero su asombrosa declaración nos muestra cuán profundamente se lamenta por ellos.
Cuando vemos a otros que se han apartado o que han rechazado completamente a Cristo, ¿simplemente los descartamos como personas de corazón duro, difíciles o imposibles de tratar? ¿O caemos de rodillas ante la angustia de su pérdida? Aunque Pablo nunca podría ser separado del amor de Dios en Jesúcristo, su corazón se quebrantaba por aquellos que no estaban allí con él.
Que Dios nos dé corazones que también se quebranten por ellos.
-steve