Romanos 10:1–4
Pablo comienza donde todos deberíamos comenzar, con el deseo de que los perdidos sean salvos (Romanos 10:1). Saber que Dios es quien escoge no produce en Pablo una actitud arrogante. Él verdaderamente desea su salvación.
Pero Pablo inmediatamente confronta una creencia común entre muchas personas, incluso entre cristianos. Muchas veces hemos escuchado a personas decir algo como: “Al menos tiene buenas intenciones”, o “Ella es sincera”, o “Todos estamos tratando de llegar a Dios a nuestra manera”. Pablo confronta aquí esa manera de pensar. El celo, acompañado de ignorancia acerca de la justicia de Dios, llevó a Israel a establecer una justicia propia. En lugar de someterse al plan que Dios reveló por medio de Cristo Jesús, decidieron seguir fervientemente su propio camino. Eran sinceros en su búsqueda de una justicia por medio de las obras.
Pablo no habla como un observador indiferente. Él mismo había sido así. En Filipenses 3:4–6 habla de su linaje y de su celo: “en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:6). Era tan celoso por la ley que personalmente perseguía a la iglesia. Pero notemos su propia transformación: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:8–9).
Pablo mismo comprendió que, sin importar cuán sincera o fervientemente persiguiera una justicia propia, esta nunca podría darle la justicia de Dios que necesitaba.
Pero aquí encontramos el asombroso giro. Termina su pensamiento diciendo: “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4). Pablo no está condenando ahora la ley. Ya ha dicho que la ley es santa (Romanos 7:12) y que confirmamos la ley (Romanos 3:31). Jesús mismo no dice que vino para abolir la ley, sino para cumplirla (Mateo 5:17). La Ley nunca fue el destino. Apuntaba más allá de sí misma hacia Cristo, en quien se encuentra la justicia que nosotros jamás podríamos establecer por nosotros mismos. Por causa de Cristo, no buscamos una justicia propia. Miramos a Aquel que dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
Así que ahora no nos examinamos por cuán sinceramente creemos algo, ni por cuán fervientes somos, sino por si encontramos toda nuestra justicia en Cristo Jesús.
Y Cristo es suficiente.
-steve