Pablo nuevamente hace una pregunta él mismo. Si Israel ha tropezado con la piedra de tropiezo, “¿Han tropezado los de Israel para que cayesen?” (Romanos 11:11). Esta es una pregunta muy seria. Si Israel ha rechazado a su Mesías, ¿tenía su tropiezo simplemente el propósito de terminar en su destrucción? Nuevamente, Pablo responde enfáticamente: “En ninguna manera”.
Pablo hace un punto muy importante. Por medio de su transgresión, la salvación ha venido a los gentiles, incluso para provocar a celos a Israel. Pero Pablo no se detiene con la salvación de los gentiles. Él pregunta: “si la transgresión de ellos es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?” (Romanos 11:12).
En Romanos 9, Pablo nos recordó la rica historia que Dios le había dado a Israel: la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto, las promesas y los patriarcas, y de su raza vino el Cristo (Romanos 9:4–5). Ahora Pablo mira hacia adelante, hacia su aceptación del Mesías en quien esa historia encuentra su culminación.
Pablo continúa su argumento con la ilustración de un olivo. Algunas de sus ramas naturales han sido desgajadas, y ramas de un olivo silvestre han sido injertadas. Pero Pablo presenta esta ilustración porque existe una tentación de arrogancia entre los gentiles. Él les advierte: “no te jactes contra las ramas” (Romanos 11:18).
¿Por qué no deben ser arrogantes? Pablo no les dice que las ramas naturales los sostienen. En cambio, dice: “sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti” (Romanos 11:18).
Las ramas naturales fueron desgajadas por su incredulidad. Las ramas silvestres permanecen por la fe. Ninguna tiene nada en sí misma de qué jactarse.
Entonces Pablo da la advertencia claramente: “No te ensoberbezcas, sino teme” (Romanos 11:20). Si Dios no perdonó a las ramas naturales por su incredulidad, las ramas que han sido injertadas no tienen ninguna razón para creer que su posición les da motivos para la arrogancia.
Pero tampoco debemos concluir que las ramas que fueron desgajadas están fuera del alcance de la salvación de Dios. Pablo nos dice que “si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar” (Romanos 11:23).
Dios es quien escoge. Él es quien injerta, y Él es quien sostiene a Su pueblo. Aquí no hay lugar para que un pueblo se jacte sobre otro. Ser recipiente de la gracia de Dios no nos hace superiores a aquellos que no la han recibido.
Nosotros no plantamos el árbol. No creamos la raíz. No nos injertamos a nosotros mismos. Y no nos sostenemos a nosotros mismos ahora que estamos allí.
“No te ensoberbezcas, sino teme.”
-steve