Muchas veces, cuando leemos a Pablo, nos maravillamos ante la sabiduría inspirada por el Espíritu que demuestra. Sin embargo, Pablo mismo rechaza el impulso de decir más de lo que puede comprender. Ha habido mucha discusión acerca de lo que Pablo está diciendo en este pasaje, pero Dios ha revelado lo suficiente para que Pablo proclame fielmente Sus propósitos, mientras que las profundidades de la sabiduría de Dios permanecen más allá de la capacidad de Pablo para comprenderlas por completo.
Pablo tiene un problema con el que ha estado luchando desde el comienzo de la carta. A lo largo de toda la carta, ha estado mostrando que nadie es inocente con respecto a su pecado delante de Dios. También muestra que la salvación viene solamente por la gracia activa de Dios, llegando incluso a reiterar que Dios es quien escoge a quién y cómo salva. Aquí Pablo queda ante la pregunta: “¿Qué hacemos con todas las promesas que Dios hizo a Israel?”
Él vuelve al concepto de Dios endureciendo a las personas. Esto nos recuerda cuando Dios endureció a Faraón en Romanos 9. Dios dice que fue para que “yo muestre en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra” (Romanos 9:17). Ya hemos visto que el endurecimiento de Dios no frustra Sus propósitos. El endurecimiento de Faraón mostró el poder de Dios; aquí el endurecimiento parcial de Israel ha acompañado la llegada de la salvación a los gentiles.
Los cristianos han discrepado acerca de lo que Pablo quiere decir exactamente cuando dice: “todo Israel será salvo”. Esa pregunta es más amplia que este devocional. Pero cualquier interpretación que adoptemos debe tomar en cuenta lo que Pablo dice acerca del Libertador y de la salvación del pecado.
Continúa mirando a Isaías, donde Dios promete un Libertador que “apartará de Jacob la impiedad” y “quitaré sus pecados” (Romanos 11:26–27). Cualquier otra cosa que Pablo quiera decir en este pasaje, no podemos entender esta salvación aparte del Libertador tratando con el pecado.
Finalmente, Pablo reitera algo que ha estado diciendo desde el principio: todos llegamos ante Dios desde la misma posición. Todos somos desobedientes; no hay barro inocente. “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Romanos 11:32). Así que es Dios quien tiene misericordia, no nosotros quienes hacemos o somos algo digno de salvación.
Finalmente, Pablo exclama: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33). Pablo se detiene donde todos deberíamos detenernos: ante el asombro. Pablo no afirma comprender completamente el plan de Dios, y nosotros tampoco deberíamos hacer tal afirmación. Los planes de Dios no son algo que se nos garantice comprender. Moisés, en Deuteronomio 29:29, nos recuerda que las cosas secretas de Dios le pertenecen solamente a Él.
Cuando estudiamos la historia de la maravillosa gracia de Dios, debemos reconocer humildemente que nunca comprenderemos todo por completo. Nuestra fe no está en comprender a Dios, sino en creerle. El Libertador viene para tratar con nuestra impiedad y quitar nuestros pecados. Debemos examinarnos paciente y humildemente para que seamos de ese pueblo.
Damos gracias por el maravilloso misterio de la sabiduría de Dios y procuramos no ser sabios en nuestra propia opinión.
-steve