En su continua exposición acerca de la mente renovada, Pablo ordena todas nuestras interacciones bajo una sola palabra: amor.
Pablo comienza con una formulación interesante: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Romanos 13:8). Generalmente, no pensamos en el amor como algo que se debe. ¿Qué quiere decir Pablo con esto?
Acaba de explicar en los versículos anteriores: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Pablo no deja ese pensamiento en el aire. Después de mandarnos pagar lo que debemos, nos recuerda una deuda que nunca queda completamente saldada: el amor. Porque el amor no es simplemente un buen sentimiento, sino una acción correcta. “El que ama al prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8). ¿Quieres hacer lo correcto? ¿Quieres obedecer la ley de Dios? Ama.
Pero nuevamente, Pablo no deja el amor sin definir. El amor no es simplemente una expresión de lo que pensamos que es bueno en el momento. El amor genuino está gobernado por lo que Dios ha mandado, y se expresa en obediencia. Jesús hace clara esta declaración: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Nuestro amor por Cristo se expresa en obediencia a Él, y uno de sus mandamientos es que nos amemos unos a otros.
Los ejemplos de Pablo son importantes para su punto final: que el amor no hace mal al prójimo. Si amas a tu cónyuge, no cometerás adulterio contra él. Si amas a tu prójimo, no lo matarás, no le robarás ni codiciarás sus posesiones. El amor no es simplemente un sentimiento; es lo que nos impulsa a actuar en obediencia a la ley de Dios.
Como criaturas de Dios, nos debemos unos a otros este amor, un amor verdadero que no ignora la ley de Dios, sino que fluye de amor a amor. Pablo terminó el capítulo 8 con un crescendo: nada nos podrá “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39), y de ese amor, amamos a los demás.
El amor recibido es el fundamento de nuestras acciones, mientras obedecemos a nuestro Señor y, al hacerlo, amamos a los demás.
-steve