Pablo nos recuerda que no siempre estaremos de acuerdo en los detalles más específicos de cómo vivimos nuestras vidas. Aquí nos da el ejemplo de dos cristianos a quienes Dios ha salvado por medio de Cristo. Uno cree que debe comer solamente verduras. El otro cree que puede comer de todo.
Notemos que Pablo no condena a ninguno de los dos hermanos por su alimentación. Identifica a uno como débil en la fe y al otro como fuerte. Pero no está tratando esto como un asunto de pecado. Pablo acaba de mandarnos que evitemos las conductas pecaminosas, como la sensualidad, las contiendas y los celos. Ciertamente no ha sugerido que la ley moral de Dios haya sido descartada de alguna manera.
La pregunta, entonces, es qué sucede cuando los cristianos no estamos de acuerdo sobre asuntos en los cuales Dios no ha dado un mandamiento directo. ¿Qué sucede cuando las Escrituras permiten algo, pero la conciencia de otro creyente no se lo permite?
Pablo se dirige a ambos lados.
Para el hermano más débil, la tentación es añadir reglas que Dios no ha mandado y juzgar a quienes entienden su libertad de manera diferente. El hermano que tiene escrúpulos acerca de comer carne no debe condenar al que cree que puede comerla. No debe considerarse más santo ni imponer restricciones donde las Escrituras no las han impuesto.
Por otro lado, el hermano que cree que puede comer de todo no debe menospreciar al que come solamente verduras. No debe considerarlo menos espiritual ni menos salvo. Tampoco debe exigirle al hermano más débil que abandone sus convicciones. Si la conciencia de su hermano no le permite comer carne, no debe presionarlo para que actúe en contra de ella.
Ambos hermanos reciben el mandamiento de aceptarse mutuamente.
Una vez más, esto no se trata de excusar el pecado verdadero. Pablo ya nos ha mandado que desechemos las obras de las tinieblas. Aquí está tratando los desacuerdos sobre asuntos de libertad cristiana. Debemos recibirnos unos a otros, no con el propósito de discutir sobre nuestras diferencias, sino como consiervos de Dios a quienes Cristo ha salvado.
Pablo pregunta: “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?” (Romanos 14:4). Si Dios ha recibido a este hermano en Su familia, ¿quiénes somos nosotros para rechazarlo? Aunque no estemos de acuerdo, somos un solo cuerpo. No debemos tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener, y debemos amarnos unos a otros. Ambos son mandamientos que Pablo ya nos ha dado.
La mente renovada entiende que Dios continúa revelándonos Su verdad a medida que crecemos en nuestro entendimiento de Su misericordia y gracia. Ningún cristiano comprende instantáneamente todos los mandamientos de Dios ni todas las libertades que Él nos ha dado. Todos estamos creciendo en nuestro entendimiento y obediencia.
Porque somos hermanos y hermanas, debemos recibirnos unos a otros y procurar edificarnos mutuamente. Cristo nos ha recibido en la misma familia, y debemos tratarnos unos a otros como hermanos y hermanas amados.
-steve